Gafas de rosa

Un faro o una estrella fugaz, una brújula, un adivino o un clavo ardiendo. Me da igual. Algo a lo que agarrarme. Algo que me ayude a salir voluntariamente de lo que tengo dentro. A sacar los muebles de mi cabeza y a hacer un poco de feng shui. O a dejarlos fuera. Yo qué sé. A vaciar el vaso. A sacar el sol de las nubes y a que por las noches siempre haya luna llena. A que solo haya días de pie derecho. Y a que cualquier día sea fin de semana.

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¿Cómo es vivir?

Como el paseo con el olor de la comida de cada casa a la salida del trabajo. Como comer. Como el café o el chocolate. Como ver llover desde la ventana. Como el olor a tierra mojada. Como dormir sin tener que madrugar. Como la luz que entra por la ventana y hace que las rejas se conviertan en pasos hacia la libertad. Como el sol que hace que cierres los ojos cuando lo miras y cuando te toca. Como el cantar de los pájaros por la mañana o el sonido de las olas del mar. Como la música. Como relajarte en una bañera. Como conducir. Como llevar la ventanilla del coche bajada. Como hacer algo sintiéndolo y como poner todos los sentidos en el arte que te rodea. Como el silencio. Como decir lo que sientes cuando lo sientes y como que te lo digan. Como reír. Como la ortografía. Como esas conversaciones que son salvavidas. Como aburrirte. Como tener magia. Como querer quedarte. Como un abrazo o un beso. Como que te la sude todo. Como acariciar a un animal. Como un amanecer o atardecer. Como andar descalzo. Como pisar la arena de la playa el primer día del verano. Como las sábanas de una cama de hotel. Como las casualidades. Como los idiomas. Como viajar. Como las historias que contar. Como el olor de un libro nuevo. Como ponerte ropa nueva. Como encontrar el regalo perfecto. Como idealizar. Como las buenas noticias. Como que te llegue un paquete y abrirlo. Como lo que trasmites. Como comprar material escolar para empezar el curso. Como las flores. Como las luces y sombras. Como la brisa moviendo las cortinas. Como el olor de la ropa recién tendida. Como las fotografías naturales. Como una cuenta atrás. Como cocinar improvisando. Como cuando sube un bizcocho. Como la emoción de los últimos minutos. Como un mismo sentimiento. Como tener ganas. Como irse a la aventura. Es como arriesgarte, hacer un all-in y tener las mismas posibilidades de ganar que de perder.

 

¿No te das cuenta de que no soy yo la que decide?

¿No te das cuenta de que no soy yo la que decide?

Que nunca te pedí que vinieras, ni que estuvieses ahí. Nunca te pedí que te quedaras, ni que cambiaras. Que te prefería así, siendo mi deseo permanente en las velas de cumpleaños. Nunca te hice elegir y nunca tuviste que hacerlo. Eras determinante, sabías lo que querías y me hacías saber que eso era yo.

No sé qué cojones ha pasado. Creo que fui yo la que dudaba. La que se cuestionaba una y otra vez si estaba haciéndolo bien. Si quizás no estaba preparada para el terremoto de sentimientos que eras. La que se autoconvencía de que eras lo correcto. De hecho, lo eras, aunque no para mí. Quizás fuimos un nosotros en un momento que no era nuestro. Te disfruté y disfruté contigo. Me has enseñado muchas cosas, pero sigo sin saber decir que no. Me di cuenta tarde de que te quiero con demasiados “pero”. Al final, mírame, tenía tantas cosas y elegí huir. Lo siento. Ahora solo quiero que te vayas. Que me dejes, que quiero estar sola. Quiero poner todo en orden en casa, empezando por mis sentimientos. Quiero vaciar los cajones de tu ropa, dejar de oler tu perfume por la habitación. Quiero ver que hay un mundo ahí fuera que puede sacarme las sonrisas que una vez fueron tuyas. Quiero que el sofá no se me quede pequeño porque estás tú en él y que las sábanas me acurruquen como lo hacían tus brazos. Quiero pasear sin tener que coger una mano o sin seguir el ritmo de unos pasos que son más veloces que los míos. Quiero cocinar para mí, ver capítulos cuando me apetezca y quedarme dormida sin pensarte, ¿lo entiendes?

Créeme, ojalá pudiera haberte dado la mitad de lo que te merecías. Ojalá supiera controlar todo lo que siento y llevarlo a que el cañón apuntara hacia ti. Pero no, solo quiero que el vacío del silencio y la soledad me consuman para que te des cuenta de que ni así, ni en el hastío más profundo, te necesito.

 

Capítulo 3

Después de la interrupción de la vecina pidiendo sal, no he vuelto a sentarme a escribir hasta ahora. Demasiado trabajo, demasiados problemas y días que tienen solo veinticuatro horas (una verdadera pena para los todoterrenos como yo). Tengo el horario del trabajo metido en mi alarma biológica, son las siete de la mañana del sábado y ya estoy con los ojos como platos (joder, los sábados y domingos son para dormir, está en la biblia).

Está lloviendo y hace mucho que el miedo y la ansiedad habían sustituido la sensación de paz de levantarme con ese sonido. Pero hoy ha cambiado algo, estoy aquí, escribiendo frente al ordenador con un capuchino y un ventanal gigante delante de mi cara en el que solo veo mi reflejo, la lluvia y el horizonte gris. Así que, metafóricamente, el mundo y yo, pero, esta vez, el “yo” va primero.

….

La última noche, de esas que recuerdo, fue el otoño pasado. Lo demás, hasta ahora, han sido idas y venidas de caminos sin salida, de puntos de no retorno, que te dejan donde estabas y de los que no he descubierto todavía su finalidad.

Pues, a pesar de que deformemos los recuerdos con el paso del tiempo, ese en concreto, sigue intacto. Como si estuviera guardado en una caja transparente con mil alarmas, que se activan y lo hacen saltar con cualquiera de las situaciones más cotidianas.

Me desplacé a la ciudad para que nos viéramos. La música de la radio estaba bien pero los nervios, que revoloteaban ansiosos en mi estómago, no me dejaban escucharla.

Me estaba esperando a la salida de casa. Aparqué donde pude y nos fuimos caminando hacia el bar de la playa. Recuerdo que no paraba de mirarme con ojos curiosos. Que buscaba una sonrisa y que me hacía sentir como una niña de trece años. Y es que, después del desgaste que sufres cuando una relación larga se va acabando, una primera cita es como una vuelta a la magia de la adolescencia.

La cena fue un desastre, la verdad. Si algo podía haber salido mal, salió mal. Invité yo y fue a recoger la comida él. Los platos fueron a parar al suelo. Casi no cenamos. Me reí, nos reímos, la situación se volvió más cercana si cabe. Y de ahí, fuimos a un pub a tomar algo.

Lo más bonito de las primeras citas es la confianza que se coge sin permiso. El avance de una relación que no tiene tiempos de espera. Que no hay primera ni última vez, que es ahora. Y, cuando disfrutas ese ahora, el tiempo general se para, pero el vuestro corre. Lo que podría llevar semanas, pasa en un instante. Los ojos con brillo, las frases estúpidas de las que te arrepientes en cuanto salen por la boca y las sonrisas nerviosas. La parte racional desconecta para dejarte vivir el momento con todos los sentidos puestos en él.

Así que fuimos a tomar algo. A seguir jugando con ese tiempo que habíamos decidido compartir para hacer nuestro. Lo que más me gustaba era caminar, jugar mientras lo hacíamos y acabar desafiándonos contra la pared de cualquier edificio, excusándonos para tener un mínimo contacto físico y continuar el camino con su brazo pasando por encima de mi hombro.

Si lo piensas fríamente, es patético que, con veintiséis años, la vida te ponga a hacer el papel de la protagonista de serie adolescente con dramas amorosos. Pero, es que, en el momento, lo interpretas de puta madre.

Lo del pub fue un cúmulo de energía que hizo que del vaso saliera amor a borbotones. Que bebiéramos, jugáramos (literalmente a la oca), apostáramos a favor de los dos y saliéramos de allí llenos de ganas de ajustar el tiempo juntos en un sitio más pequeño.

Así que volvimos y, por el camino y hasta el coche, empezamos a sacar todo lo que habíamos estado guardando: los besos, las caricias y las ganas.

Nuestro cerebro tiende a recordar, en un porcentaje muy superior, lo que nos produce emociones, así que supongo que por eso fue especial, una de esas noches que te hace bien al alma.

Y es que se necesita tiempo, porque es difícil encontrar entre tanta gente una chispa o una conexión mental real a través de una pantalla. De las que no entiendes, ni tienes ni puta idea de qué es lo que la crea, pero sabes que está ahí. De las de decir las cosas aunque suene ridículo y de las de los ‘quiero verte’.

Y podría pensar que quizás fuera el tiempo, la distancia o las pocas ganas de confiar nuestro corazón hecho añicos a alguien tan roto como nosotros, pero no. Una luz tan bonita y fugaz como la de un relámpago en una tormenta, no es tan fácil de capturar, ¿no?

Bottomless dumped

¿Te ha pasado que a veces dejas de querer, así, a secas? Que involuntariamente, te metes dentro, buceas y llegas al suelo, pero no hay nada. Algo así como el vacío que sientes cuando abres todos los sentidos en el fondo de una piscina. Vacío y tranquilidad. Dejas de querer a todo y, en ese todo, me refiero a absolutamente todo. Dejas de ver para mirar, de sentir para tocar y de escuchar para oír.

Abandonado o fuera de lugar, pensarás. Pero no. Es como encerrarte en ti mismo, como propiciar el inicio de los cambios más bonitos de la vida, los propios.

Así que, por si me buscas, estoy dentro, alzando los muros para la guerra. Y como las guerras llegan sin avisar, no te pongas cómodo, no merece la pena.

R O M A

So dieci giorni che sto fori
Dici sorridi e dentro muori
A me m’hanno stancato tutti
Donne, auto e amici a volte
Eppure de te io non me stanco
A volte penso ar Tevere e poi canto
Anche se Roma non è solo centro
Per me sei bella come un dubbio spento
Come un rifugio per un ladro
Sei bella come l’angelo e il peccato
Te pare poco, dì, te pare poco esse immortale?
Quando te spegni e vie’ er tramonto
Che bellezza che rimane
Sei bella pure senza mare
Lì giù ai Parioli sono belli i ragazzetti
Ma per me non battono du’ occhi sopravvissuti a sti’ parcheggi
Che Roma è Colosseo
Ma non non è solo quello
Roma è sta panchina rotta
Che da sogni a quer pischello
Roma è una finestra aperta
Piena de mollette e panni
È un bimbo cor pallone
Che è partito da San Giovanni
Mi’ padre me portava le domeniche allo stadio
E ancora tengo con gran cura la prima sciarpa nell’armadio
Roma Capoccia der monno ‘nfame
Il mio primo saggio da bambino
La cantai col cuore
Nun è San Pietro, ma sta’ chiesa che sta a pezzi
La vera Roma sta nei vicoli
Che te turista non apprezzi
È na’ battaglia persa co’ politici corotti
Peró ne parli e dopo ridi perché a Roma te ne fotti
È un pranzo a casa mia co l’amici de ‘na vita
Quelli che perdono a tre sette
E se la pijano con la sfiga
Voi sta’ tranquillo senza troppe cianfrusaglie
Te casca il monno sulle spalle
E trovi forza dentro a un daje
So’ dieci giorni che sto’ fori e come me manchi
Domani torno e prima cosa vado a pija du’ guanti
Perché per scrivere de te ce vo’ rispetto
Grazie de esser rimasta accesa
Quando non c’avevo un letto

Capítulo 2

Capítulo 2

Pero vayamos al principio de esta historia. Remontémonos al uno de mayo. Nuestra famosa “primera cita”, si se puede llamar así. Y, digo esto, porque una cita se supone que debe ser, cuanto menos, romántica. La nuestra no fue romántica precisamente, aunque sí rara y bonita.

Aunque, espera. Viéndolo mejor desde el futuro en el que estoy, vayamos más atrás en el tiempo para que la historia tenga todos los antecedentes. Sí, vayamos a ese día.

¿Sabes?, después de una ruptura, hay unos tiempos establecidos. Algunas personas necesitan más y otras menos. Hay otras tantas que se pasan esos tiempos por el forro y van de piedra en piedra. Y en todo ese lapso, llega un día. Un día en el que algo hace clic. En el que te das cuenta de que estás dejando algo atrás y estás volviendo a recuperar esos pedazos de corazón que se perdieron y se esparcieron con la hostia. Y ese día te levantas, sonríes, la ropa te queda genial y el espejo te lanza un beso y un augurio de buen día.

Pues ese día llegó para mí. Después de esa ruptura, en la que perdí yo, en la que ves cómo se desgasta la relación, en la que nada frena la caída en picado del amor y, en la que tú, que por mucho que quieras salvar, estás como Jack en Titanic, hundida.

Y así estaba yo, buceando en un océano de preguntas, de suposiciones y paranoias varias para intentar entender en qué punto se acabó. Si era yo, si era él o si era algo más. Quería saber quién había sido el profesor y quién el alumno. Y quería saber para qué coño había venido a mi vida. Dicen que todo pasa por algo y yo me rompía la cabeza para saber si ese algo que había hecho que cambiara mi vida por él, por todo ese tiempo juntos, había sido tan bonito para que el dolor que estaba sintiendo en ese momento tuviera justificación.

Y, si lo queréis saber, sí la tuvo. Pero, por partes.

Después de mi clic. De perdonar, de olvidar, de aceptar y avanzar. Me di cuenta de las fases. Del proceso de inicio. De conocerme y quererme como hacía antes. Ya ni me acordaba de todo lo que tenía dentro y no sabéis como me había echado de menos. La fuerza con la que llegaba a todas partes con mi aura de seguridad y felicidad casi tangible. Prometo que casi se podía tocar. Mi sonrisa y mis ganas de hacer reír. Y el brillo. Ese brillo. Por favor, que me falte todo menos eso. No hay nada más bonito que unos ojos con brillo. Da igual que sean claros u oscuros. Aunque, déjame decirte, que no hay nada comparado con unos ojos oscuros que sean capaz de iluminar a quien los mira.

Así entendí que anocheció aquella noche de verano, cuando sus ojos se encontraron con los míos. Multiplicamos la luz cuando nos miramos la primera vez, y fue así hasta el final.

Pues bien, el sol estaba bajando y yo caminaba por una de las paralelas a la calle principal con los auriculares y con una canción, “Ma joie”, de esas que hace francesamente mágica la vida. Por aquellos entonces, todo me iba bien, no podía quejarme. Tenía un trabajo que me dejaba las tardes libres y me permitía aprovechar toda la parte de la noche que sintiera oportuna porque no tenía que madrugar o, más bien, no tenía que madrugar tanto. Siempre compensa sacrificar el sueño por una noche bonita, ¿no?…”

En ese momento el timbre interrumpió la escritura. Lo recuerdo porque fue una de las noches en las que la inspiración salió por la puerta en cuanto la abrí para ver quién era. Solo los artistas podemos llegar a entender lo difícil que es que llegue, como para que alguien ajeno a todo la invite sin consideración a que se vaya.